Blog

Devorados

Cuando ella llegó a la orilla pensó en el final, en los límites de su energía. No podría avanzar más, la geografía del mundo posible le señalaba sus propias fronteras internas.

Rebelde, como siempre, decidió transgredirlas y se hundió en el mar de Oaxaca hasta cubrir sus piernas, la inestabilidad que le provocaban sus olas coincidía con la de su interior y eso le gusto. Sintió que esos movimientos contradictorios armonizaban para traducirse en una danza de emociones, la que se sumó a la tibieza de ese mar generoso y bravo.

Se sentó sobre una las rocas impávidas que por siempre han resistido los embates del inestable ánimo del océano. Se sintió atraída por esa energía marina que revuelve todo con la fuerza de sus olas, para luego retirarse entregando claridad.

De pronto sintió sobre sí una mirada inteligente, emocional, casi perversa, desbordante de deseo. Miró a su alrededor pero no había nadie afuera. Solo ella y el mar.

Pero la sensación de ser observada persistía y entonces bajo su mirada y notó al nivel del agua un minúsculo pulpo que la miraba intensamente. Le pareció tan dócil y hermoso, con su cabeza calva, ojos saltones y expresivos y sus brazos abiertos imitando la luz de una estrella.

El pulpo cambiaba de color cuando se descubrió que también era observado, sus colores parecían a los ojos de ella expresar sorpresa, vergüenza, valor, decisión, temor. Una serie de emociones que la cautivaron.

Extendió su mano y el pulpo la abrazo con algunos de sus múltiples brazos, parecía saborearla, besar su piel, conocerla con sus extrañas ventosas.

Esa sensación de curiosidad, interés y ternura la sedujo aún más.

Suavemente, como una hoja que cae arrastrada por el viento se tiró al mar. Pero el océano no pensó lo mismo, reaccionó como si un meteorito cayera en su superficie, levantando chorros, espuma y olas nuevas. El pulpo se aferró a su brazo y ella reconoció que es justamente lo que necesitaba, alguien que se aferrara a ella, que no se alejara, sin importar lo inestable que fuera el presente.

Ella decidió flotar boca arriba, con los brazos y las piernas imitando la estrella que había creado el pulpo. El pulpo decidió recorrer la piel de ella, debajo del vestido, tocarla en la mayor amplitud posible.

Ella no sabía si estaba bien o mal, si su vida corría peligro, si podía ser lastimada, pero la sensación doblegó cualquier razonamiento. Dejó que el pulpo la recorriera sintiendo como irremediablemente iba subiendo hasta llegar primero a sus senos, luego a su cuello y finalmente a su boca.

Ella abrió sus labios, como cuando alguien abre de par en par la puerta de su casa, el pulpo descubrió un nuevo territorio y tímidamente empezó a explorarlo

El pulpo pensó que la penetraba, ella que lo devoraba.


Esta historia es una metáfora. Nunca ocurrió como tal, pero como toda invención los ladrillos con lo que está construida son tomadas de nuestra psique, de esos conocimientos, prejuicios e intuiciones que se van creando desde lo material y lo inmaterial.

Y dentro de lo que no es verdad hay, en lo profundo, muchas verdades, cada cual en nuestra individualidad. Estoy seguro de que ningún artista de pintura de México creó esta historia, pero tengo la certeza de que los ladrillos está en su psique. El pulpo es una constante universal en el arte y para los artistas de arte en México no hay excepciones, incluso para aquellos que son tendencia o son artistas de moda, todos habitamos el mismo mundo.

Es probable que Inés Lara la autora de estas autora haya imaginado otra historia, yo preferí ésta, la que está en mi psique; porque el arte tiene esa virtud, inspirar diferentes historias tanto para el artista que lo produce, en este caso un artista emergente en Oaxaca, como el de un simple transeúnte virtual que se topa de lleno con esta historia que refleja su interior.

Por Gustavo Guerrero


Serie Coral Boca 01

Visita la galería: Tierra Compartida